Experiencias

¡En esta casa no hay quien folle!

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No sabes la mili que te espera. De la miseria y esperanza de aquellos años, aquel tiempo lo veo como un nuevo parto, como un nacimiento tardío, pero igual de doloroso, y que llega cuando uno cree que ya lo sabe todo. Pero para esa alba, tenía que llegar antes el olvido de lo que uno había aprendido a lo largo de todos esos abriles; y tras ese vacío la violenta luz se colaba a golpe de tambor, arañando profundamente tu sentir, para hacer hueco a un universo íntimo y profundamente detallado que abarcaba un campo enorme de ritos, valores, códigos morales, que delimitaban cada paso, cada segundo de la vida que allí se perdía. En ese galimatías, los objetos sufrían las mismas condenas que las personas. Era curioso que se igualara el tratamiento y la consideración ante una escalera que ante un soldado raso. Las dos podían acabar detenidas. Porque eso era la mili: algo inevitable, una parda tan certera como la muerte. Aquellos gritos se sucedían a una velocidad de vértigo, acelerando a su alrededor una vida hecha para el vacío, pues eso era la mili: llenar el vacío.

Por aquellos días y mientras cenaban facultad Rodolfo se dio a intentar conocer que era lo que le aquejaba a su nena: —Gina… que ocurre hija…? A sus 60 años vivía solamente con su adorada hija Gina, que por esos entonces ya debería haber iniciado la enseñanza preparatoria. La jovencita era la menor de dos hermanas que le antecedían, y ella en los años que siendo ya una candorosa y alegre adolescente se había visto en la obligación de privarse de su tierna juventud y también de sus estudios para guardar a su venerable padre quien después de haber enviudado este cayó en una profunda depresión, tanto por su soledad como por su miserable y precaria situación económica. Si bien Yahvé e hija no vivían en lo que se pueda llamar pobreza extrema, el pobre viejo debía pagar las cuentas de su humilde morada, la alimentación de ambos y su anales vivir. No obstante a ello, Yahvé e hija compartían muy buenos momentos juntos y se querían mucho. Su padre sanamente sabía de la bombón de su nena, como también estaba al tanto que por la delito de aquellos tentadores atributos físicos que se dejaban ver en su figura muy luego se dejarían caer por las cercanías de su casa muchos buitres hambrientos de carne fresca, por lo mismo daba gracias a Deidad que su bella hija estuviese trabajando y no tuviera tiempo suficiente para fiestas con amigas os o noviazgos, aunque también y muy a su pesar habían momentos en que se lamentaba que su atractiva chamaca por querer esmerarse en atenderlo y ayudarlo económicamente se privara de lo que a ella le correspondía tanto en estudios como en su juventud. Vivían en un barrio pobre pero de gentes decentes, o al menos así lo creían ellos, y como ya se dijo anteriormente, en forma seguida debían hacer malabares con el emolumento de ambos para poder vivir dignamente. O como en los ratos en que bajaba la clientela no se cansaban de morbosearla y casi comérsela entre ambos con sus lujuriosas miradas, comentando entre ellos con palabrotas de grueso calibre todas las cosas que le harían si tuvieran la oportunidad de tenerla desnuda.

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Las he ido recogiendo en mi anales, pero desbordan mi cerebro de semejante forma, que no puedo seguir sin contarlas al mundo. En cualquier albur, dejad volar la imaginación y gozad sin pudor con vuestras fantasías. Jamás hemos sido una familia convencional. Al enterarse mi abuelito materno, militante de la CNT en su juventud, se ve que le dio tal admiración que el pobre acabó en el hospital. La cosa no quedó allí. Como veis, Alejandro, Alex para todos, y yo nos llevamos menos de cuatro años. Con ellas se pasó cuatro o cinco días en la clínica. Por eso a base de reiterados crujidos de cama y abundantes suspiros de placer, todos sabíamos que para ellos el sexo era una cosa esencial en sus vidas.

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